jueves 9 de abril de 2009

El mundo, los cristianos mundanos y el odio de la herejía

"Los verdugos se retiraban, los soldados romanos de la legión ecuestre suben y bajan las laderas del monte para quitar de él, antes de comenzar el sábado, toda reliquia de suplicio. Ya no es la Cruz el relicario de aquel sacratísimo cuerpo; lo es el regazo de su Madre; y, en breve, lo será un trono de inefable excelsitud a la derecha del Padre; mas esto allí nadie lo sabe sino María, que lo calla, porque aún no ha llegado la hora de manifestarlo y teme que sus palabras fuesen más de daño que de provecho. El exceso mismo de su amor le sugería esta prudencia, pues sabido es que aquellos a quienes amamos son los que nos causan más vivos temores. El amor de Dios, sobre todo, suscita en nuestros corazones gran número de nuevos afectos que, por su mismo excelso origen, en nada se asemejan a lo que los hombres llamarían prendas singulares y virtudes heroicas; para bien apreciarlas es menester gran discernimiento de espíritu, pues, mirados con ojos meramente terrenos, más que admiración debemos prometernos que susciten sospechas, tergiversaciones y malas voluntades. Si se los pone en tela de juicio, no es fácil defenderlos, porque para debatirlos se necesita fijar una base que acepten en común los contendientes, y aquí entra cabalmente lo arduo, por cuanto las máximas del Evangelio son para el mundo harto más duras de pasar que las que inventa él para uso propio; entre sus prácticas se cuenta la de ahogar a gritos nuestra voz y juzgamos en un tribunal donde estamos de antemano condenados con costas; puesto que el mundo tiene precisamente por reglas fundamentales de conducta una cantidad de principios que para nosotros son herejías. Y es muy natural; extranjeros somos en él, y no es extraño que no nos entienda y que se burle de nosotros; en el cielo únicamente seremos comprendidos. Desdichados los cristianos a quienes el mundo entienda fácilmente y tolere de buena voluntad, porque esto es señal de que han pactado con él concesiones y acomodamientos.
Uno de los afectos que suscita el amor a Jesús en nuestros corazones es el celo de las almas. El mundo lo llama fanatismo de sectario que quiere ganar secuaces, y ora lo motejan por extremadamente laxo, ora por farisaicamente rígido; pues no puede digerir la inviolabilidad de los principios religiosos. Pero ese celo de las almas, para ser íntegramente legítimo ha de estar subordinado al amor de Jesús, es decir, hemos de amar a las almas por Jesús, no viceversa.
Y esto explica cómo, en determinados tiempos y lugares, el amor de Dios engendra en nuestras almas otro afecto que le corresponde, y es el odio de la herejía. Este odio de la herejía es particularmente irritante para el mundo. Se opone al espíritu del mundo de un modo tan particular que hasta en corazones bondadosos y creyentes, todos y cada uno de los restos de mundanidad se sublevan contra este odio de la herejía, agriando y envenenando hasta las personalidades más pacíficas, y frustrando en muchas gentes la gloriosa operación de la gracia. Multitud de almas de convertidos, en las que Dios había mostrado querer obrar grandes cosas, llegan a la tumba siendo un fracaso espiritual, por no haber odiado la herejía. Que no se llame convertido el corazón que siente la más ligera reticencia ante el odio de la herejía. Sepa que Dios anda muy lejos de reinar en él con absoluto e indiviso imperio, y que el camino de una intensa santificación le está absolutamente cerrado. En la estimación del mundo y de los cristianos flojos, la detestación de la herejía es tenida por exageración, amargura, enemiga de la moderación, insensatez, falta de razón, extravagancia, fanatismo, intolerancia, estrechez de miras, estupidez e inmoralidad. ¿Qué hemos de responder a esto para defender el odio de la herejía? Nada que esos infelices puedan entendernos. Lo mejor es callar, y con tal que Dios nos entienda y que entendamos nosotros a Dios, no resulta excesivamente arduo pasar por esta vida como sospechoso, incomprendido e impopular. La tibia terquedad de las gentes moderadas y de una buena voluntad sin criterio también aceptará el juicio del mundo para condenarnos; pues la bondad vergonzante va acompañada de una actitud positiva, aparentemente mansa, que está lejos de Dios, y los instintos de su caridad se dirigen más hacia los que no respetan a Dios, a la vez que ésa su cobardía es lo suficientemente mordaz como para opiniones desabridas."
[The Foot of the Cross. Traducción: Gabino Tejado/El brigante]


Padre Frederick William Faber

9 comentarios:

Anónimo dijo...

BRIGANTE, veo el mismo inconveniente en el tema de esta entrada con el que mencioné en la anterior. No quiero ser reiterativo pero: Cómo conciliar "el odio a la herejía", con el que todo católico cabal debe estar de acuerdo, con el Concilio Vaticano II que "legalizó" la "libertad religiosa", esto es, "legalizó la herejía". Le dio "libertad", siendo que se "libera" lo bueno y se "tolera" o "rechaza", u "odia", lo malo.
Será que todos los problemas de la Iglesia actuales tienen su causa en errores doctrinales "legalizados" con el "liberalismo" evidente (quién lo duda?) del Concilio Vaticano II y su consecuente post-concilio?
Usted me dirá.
Felices Pascuas.
BENJAMÍN.

el brigante dijo...

+
Benjamin [disculpa, desde el extranjero, soy incapaz de poner acentos], este blog pretende ser una ayuda para comprender la situacion de los catolicos hoy y para vivir mas fielmente la fe. Procedamos, despacito, de lo claro a lo oscuro, y no al reves. Lo que tan luminosamente indica el P. Faber pone en evidencia una debilidad de nuestro catolicismo contemporaneo. Empecemos, pues, por ahi. Deo volente iremos afrontando mas retos, en espiritu de caridad y con apasionado amor a la verdad. Contamos con su ayuda y su colaboracion. Otra cosa: para ayudar y ayudarnos a nosotros mismos, hemos elegido aclarar bien las premisas de nuestros razonamientos, mas que insistir sobre las conclusiones.
Volvere sobre esto, D.v., el martes.
Gracias por su interes y feliz Pascua. Oremus ad invicem.

Anónimo dijo...

Como soy devoto de San Ezequiel Moreno, me gusta citarle.

Este que trata El Brigante es un problema de mucho antes del CVII. Los catolicos liberales que no solo no odian la herejía y el error (que impiden a las almas alcanzar la salvación y por ello son objeto de odio) ya atacaban esta sana doctria y a sus defensores entonces, pero el drama es que ahora no tenemos a un Obispo como San Ezequiel para denunciarlo:

"La herejía no es ya un crimen para muchos católicos, ni el error contra la fe es un pecado. Proclaman la tolerancia universal y consideran como conquistas de la civilización moderna el que ya no se huya del hereje como antes se hacía. (...) Aprecian y alaban los espíritus moderados. (...) Esos mismos católicos tienen escrúpulo, al parecer, de pedir a los gobiernos que tapen la boca a los blasfemos y hagan callar a los propagadores de herejías, pero en cambio, quisieran que Roma impusiera silencio a los más decididos defensores de la verdad"
"No pocos de esos mismos hombres tan condescendientes y amables con los enemigos de Jesucristo, se muestran, en cambio, intransigentes y guardan toda su acritud para los eclesiásticos que combaten con valor los errores modernos, y para los buenos católicos que defienden con denuedo los derechos de la verdad." "Los imitadores de Lucifer no hubieran llegado a donde han llegado en su obra de destronar a Jesucristo, si no fueran ayudados por esos católicos que llaman intransigencia a la lucha abierta contra el mal"

Saludos cordiales y feliz Pascua de Resurrección en Cristo Rey

JB

Anónimo dijo...

Benjamín, Brigante,

tiene razón Brigante en que lo importante es aclarar las premisas de los razonamientos, y después consensuar lo significados de los terminos que se van a utilizar. Leo el texto de Faber y no puedo estar mas de acuerdo o en desacuerdo, todo depende de cómo se concreten los términos en él utilizados. ¿Cuáles son las herejías a las que nos tenemos que enfrentar? ¿Es la propia Iglesia, como bien dice Benjamín, actor hereje de la contienda? ¿Con quiénes podemos contar? ¿Cómo debe ser nuestra lucha, qué armas debemos utilizar? ¿Cómo mantener la inspiración primigenia de esta batalla, que es el amor de Dios encarnado en Cristo Resucitado hecho Rey, y de las otras virtudes que le han de acompañar?

Saludos pascuales,

Domingo

el brigante dijo...

+
Gracias JB por las hermosas y oportunísimas citas de Fray Ezequiel Moreno. "Los imitadores de Lucifer no hubieran llegado a donde han llegado en su obra de destronar a Jesucristo, si no fueran ayudados por esos católicos que llaman intransigencia a la lucha abierta contra el mal". En eso estamos, No escasean "diagnósticos" sobre la situación actual de la Iglesia, pero de poco valen si no tienen en cuenta este factor.
Domingo: si estamos de acuerdo en el método, vamos a ayudarnos a ser estrictos con él. Lo que dice el P. Faber es verdad en sí mismo. No queda margen para ver "cómo se concreta": herejía es la negación o la duda de una verdad de fe. La palabra herejía no es equívoca. Por eso no entiendo tus prevenciones, que no concuerdan con el método de dejar establecidos los principios (sin anticipar prematuramente las conclusiones). Todo católico debe odiar la herejía. Creo que en esto estaremos de acuerdo. Si no la odia, tenemos problemas.

el brigante dijo...

+
Otra cosa: seamos católicos también en el escrúpulo con el que utilizamos ciertas palabras, por ejemplo "Iglesia", que es siempre el Cuerpo Místico de Jesucristo. Cuando queramos atribuir algo a alguien (o a muchos) no utilicemos a la ligera la palabra "Iglesia", que no admite usos equívocos y desde luego, aquí, tampoco irrespetuosos.

Gracias y feliz y santa Pascua a todos.

Anónimo dijo...

Estimado Brigante,

acepto con humildad tu moción en cuanto al uso de la palabra Iglesia, que como bien dices no admite usos equívocos ni respetuosos.
Busquemos pues algún término para referirnos a todos aquellas personas e instituciones religiosas o laicas que se dicen católicas y miembros del Cuerpo Místico de Cristo (esto es Iglesia), y que o bien han sido partícipes de algunas de las herejías que se han instaurado en el mundo moderno, o que al menos han sido laxas en la denuncia de las mismas. Se ha mencionado el CV II, ¿aceptamos totalmente sus enseñanzas y la doctrina en el emanada, o existen ciertos aspectos que podíamos considerar que se desvían de ese obligado odio del cristiano a la herejía? Si es así, ¿cómo identificamos a los que en el participaron? Aceptamos su pertencia al Cuerpo de Cristo, y por tanto, su componente eclesial?

Saludos,

Domingo

Ezequiel M. dijo...

Sin entrar en cosas complicadas, que para eso está el Brigante, "procediendo de lo claro a lo oscuro", me parece que una pequeña distinción podrá ser útil. La libertad religiosa no se identifica, para nada, con una "legalización de la herejía". Son cosas diferentes.
El error (y la herejía es algo más perverso que un error, porque supone una adhesión voluntaria al error y un rechazo de la verdad revelada) no tiene derecho alguno. Pero la conciencia, santuario íntimo del hombre, sí que los tiene, y sólo Dios es quien puede entrar en ella y juzgarla. Ni siquiera la Iglesia puede hacerlo (el dicho clásico dice "ab internis neque Ecclesia"). La libertad religiosa tiene que ver con esto, con el respeto a la conciencia de los hombres, que ha de reconocer y aceptar la verdad LIBREMENTE, esto es, al modo humano(no se puede llamar propiamente humana una acción que no sea libre). La verdad no se puede imponer, se debe proponer (alguna vez lo dijo el siervo de Dios Juan Pablo II). Y es la conciencia de cada persona la que libremente debe acogerla, sin imposición externa. Esto es la libertad religiosa, de la que el Concilio habla, pero que en modo alguno tiene que ver con un suesto derecho del error o una legalización de la herejía. A veces se ha entendido que libertad religiosa equivale a eliminar la confesionalidad, como si el reconocer la soberanía de Cristo y los derechos de la Verdad fuese una ofensa a la libertad. Nada más lejos de la realidad: el hombre es libre, pero esa libertad es para acoger la verdad y vivir conforme a ella. Vamos, que una cosa es reconocer la libertad de la conciencia (que incluye la libertad religiosa), un asunto que toca a la dignidad del hombre, y otra cosa diferente es reconocer que el error, la mentira o la herejía tengan derecho alguno. Esta es la diferencia, a mi juicio, entre la libertad de la conciencia (que incluye la libertad religiosa)y una pretendida legalización de la herejía.
Gracias por esta oportunidad de participar en el blog...

el brigante dijo...

+
Ezequiel, gracias por participar en El brigante. Tu comentario -que no versa sobre el post del P. Faber- entiendo que responde a Benjamín.
Tercio, pues, sólo para aclarar algunos términos sobre la "cuestión de la libertad religiosa", sobre la que parece inevitable que entremos más a fondo en el futuro.
El capítulo 2 de Dignitatis Humanae habla, específicamente, de un derecho (civil) a la libertad religiosa, cuyo fundamento sería la dignidad de la persona humana tal como nos la muestra la Palabra de Dios.
Incurres, pues, en un malentendido muy extendido. Las dificultades que han surgido sobre este texto se refieren a la afirmación jurídica (la exigencia de un derecho civil, fundada en la Revelación) y no a la inviolabilidad de la conciencia de los hombres.
Repito que por ahora no nos meteremos en ese melonar, pero preventivamente debemos hacer un esfuerzo por no desfigurar los argumentos de quienes no concuerdan con nosotros.
Es una tentación seductora (la de caricaturizar las opiniones disidentes de la nuestra), pero eso no nos conduce a la verdad. Quizás a una efímera tranquilidad, pero no a la verdad.
Espero haber sido de ayuda.
Un abrazo.