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...pero no por eso eludimos defender la verdad, como el mismo Donoso Cortés no eludió ese deber. Pero como no solemos "tomar distancia" respecto de nuestras propias ideas, ni las examinamos para ver en qué medida son consecuencia de transacciones con nuestras debilidades y pasiones, el resultado de las discusiones (lejos de conducir habitualmente a la sumisión gozosa a la verdad), suele degenerar en intercambios pasionales, que redundan en afianzamiento de posiciones y endurecimiento de la voluntad. Y como dice Donoso, en enfriamiento de la caridad.
De hecho, no hay nada mágico en la mera confrontación de pareceres. Sin una "ascética de la inteligencia" y sin la predisposición que genera la virtud, la verdad puede aflorar y marchitarse delante de nuestros discursos, sin que le prestemos la menor atención. Tan atareados andamos defendiendo nuestra posición... Y aun así, nosotros, los católicos, sabemos que, con nuestras solas fuerzas, esa verdad sería asequible sólo a unos pocos, de privilegiada inteligencia, tras mucho padecimiento y "no sin mezcla de error". No debemos, pues, escribir nada sin antes pedir la luz del Espíritu Santo, ni emprender ninguna disputa sin implorar sus siete dones. Lo contrario -y no solemos caer en la cuenta- es una obstinada manifestación de nuestro espíritu naturalista (americanista, herético de la acción), que piensa que por la habilidad de nuestros razonamientos, por la eficacia de la elocuencia (lo mismo que por la astucia de las estrategias) obtendremos un resultado que está reservado al auxilio de Dios. Polemicemos, pues es necesario exponer a la luz los "morbos" del catolicismo actual para enderezar mejor nuestras energías. Pero con fe, esperanza y caridad.
Donoso había sido tergiversado por M. Alberto de Broglie en la Revue des Deux Mondes. El 15 de noviembre de 1852 le escribió al director de la publicación para aclarar -refutando- los errores de Broglie. En aquella carta nos dejó testimonio del espíritu con el que emprendía su defensa.
El Brigante
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"De todos los que me conocen es sabido que tengo las polémicas por peligrosas y las discusiones públicas por vanas; por esta razón puedo afirmar de mí, sin que afirmándolo haga otra cosa sino dar testimonio a la verdad, que he discutido pocas veces y no he disputado nunca.Soy aficionado, no lo niego, y aun así lo he declarado en otra ocasión con estas mismas palabras, a exponer sencillamente mis doctrinas; pero, en general, ni busco ni acepto la discusión, persuadido como estoy a que degenera fácilmente en disputa, la cual acaba siempre por resfriar la caridad, por encender las pasiones y por inducir a los contendientes a faltar a tres grandes respetos: al que el hombre debe al hombre, al que debe a la verdad y al que se debe a sí propio. Las palabras son a manera de semillas; yo se las doy a los vientos y dejo al cuidado de Dios que las mande caer, según sea su voluntad, sobre rocas estériles o sobre tierras fecundas. No siendo mi ánimo disputar ni discutir, lo único que me propongo al dirigir a usted esta carta es deshacer brevemente algunos errores de apreciación en que, contra su voluntad, ha incurrido M. Alberto de Broglie en el brillante artículo que consagra, en parte, a la exposición de mis doctrinas".
Juan Donoso Cortés
4 comentarios:
Muchas gracias por este nuevo blog - del que me acabo de enterar por Agencia Faro- donde pienso pasar a diario y sin discutir, sino a disfrutar de la excelente doctrina que ya han adelantado en los primeros artículos de lo que, si Dios quiere, será un largo camino.
En Xto.
Muy interesante es lo que dice Donoso Cortés y, luego,lo que apunta el Brigante.
Sin embargo, !qué difícil resulta, a veces, vencer al apasinamiento que puede haber en una discusión si se ataca tu fe católica!
De todas formas,y sin duda alguna, es de mucha validez lo aquí apuntado tanto por uno como por otro y, de seguirlo a rajatable, más de un comportamiento cambiaría de forma radical.
Incluso el mío.
Como de costumbre, Donoso tiene una lucidez que cuánto daríamos hoy por que alguien la tuviera en nuestros enfangados parlamentos. Después de las enormidades que hemos visto, es evidente que Donoso era cualquier cosa menos pesimista. Es una pena que el Señor no alargara un poco más su vida: aunque sólo fuera por la correspondencia que mantenía, este hombre era una mina.
Coincido en que, en efecto, la mayor parte de las discusiones termina en disputas que enfrían la caridad cuando no se convierten directamente en atentados contra ella. Con todo, uno se pregunta qué hacer en una época en la que se ha consagrado, tal y como predijo Donoso, el principio de discusión sin ninguna finalidad y los embustes sobre la Iglesia campan a sus anchas. Por otro lado, a mí me da pena leer o escuchar a veces a buenos cristianos defender la recta doctrina más para humillar a quien se equivoca, o para exhibir su brillante intelecto o presumir de su sana doctrina, que para dar testimonio de lo que Cristo nos ha enseñado. Y me pregunto cuántas veces no habré caído yo en algo así, que es un asunto más grave de lo que parece, porque corro el serio peligro de que mi ego sea lo que se interponga entre la verdad y aquel al que presuntamente se la trato de mostrar.
+Querido Столичная
Todos corremos ese peligro y para mortificación de nuestro orgullo hemos de tener muy presente que muchas veces hemos sido la causa de nuestra incomprensión, por el apego a nuestro orgullo. Pero, como dice Kempis "Mucho es de doler que las más veces se cree y se dice el mal del prójimo y no el bien. ¡Tan flacos somos!" Esforcémonos por no juzgar las intenciones (¡más, si cabe, cuando lo que se dice es la sana doctrina!) y busquemos la verdad, el Reino de Dios y su justicia: lo demás, ya se sabe, ya vendrá...
Como nos enseña S. Ignacio, debemos estar inclinados a salvar la proposición del prójimo antes que a condenarla. Si tenemos que señalar un error -puede que hasta estemos en la obligación de hacerlo- hagámoslo, pero no sin antes examinar nuestra intención y pedirle a Dios que la purifique. Y nunca juzgar el interior del prójimo. ¡Aprovechemos lo que queda de Cuaresma!
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