viernes 1 de enero de 2010

Donde el rey está, allí está su palacio


Palacio o establo, nada importaba,
Los caminos todos de Dios son grandiosos e igual valen.
Donde el rey está, allí está su palacio;
Y el mismo Dios es la hechura del cielo.
Resuenan de la luna más allá, y del sol y las estrellas,
Aquí cerca y en lo remoto resuenan,
Por el inmenso espacio hoy resuenan
Las campanas de Belén nunca callarán.

Emily Henrietta Hickey (1845-1924), Bethlehem Bells
.
[Sin comentarios. Hoy he descubierto este poema y lo comparto con vosotros. Feliz y venturoso 2010, queridos brigantes. Donde el rey está, allí está su palacio...]

Pulse aquí para leer más

viernes 25 de diciembre de 2009

Feliz navidad. A quien corresponda

+
Queridos amigos,
Ya es navidad.
Ante el asombro de la creación, que guardaba silencio, con la respiración contenida, el Hijo de Dios nació de una Virgen, “para que vosotros os salvéis”.
Para que vosotros os salvéis: el Verbo eterno de Dios se hizo carne para que pudiéramos vivir la vida de Dios.
Así que El Brigante, último entre los destinatarios de esa gran noticia, os felicita la Santa Navidad. Felicitación brigante, que sólo va dirigida a los que desean vivir esa vida de Dios, con tajante exclusión de todos los demás. Así que sólo felicitamos la Navidad a los católicos y a los que buscan la verdad sin todavía haberla encontrado. La Navidad no es para todos, no es patrimonio universal, no es un vago deseo agradable sin consecuencias, compatible con cualquier forma de vida contraria a la ley de Dios.
A los que quieren domesticar el augusto misterio de la Encarnación y adulterarlo con luces de colorines y músicas infames que encubren la obstinación en no cambiar de vida, en rechazar específicamente todo lo que significa la Navidad, a esos no va destinada nuestra felicitación. Ellos están excluidos. Nada de felices fiestas a todos, a ellos. Sólo a los hombres de buena voluntad. A los pastores y a los reyes magos sí, no a Herodes ni a los que pasan de largo, rechazándolo con indiferencia. Hoy son los que le rechazan y le persiguen quienes encienden la iluminación navideña, quienes decoran obscénamente las calles de las que se destierra la justicia de Dios.
No nos engañemos, que Dios, al hacerse una tierna carne sobre el pesebre, esconde un misterio tremendo. Se nos pone tan fácil la salvación, tan dulce, que no hay excusas para no quererla. Y sin embargo, el amor no es amado. Tremendo.
Pero el mismo que yace sobre las pajas envuelto en pañales vendrá para juzgar a vivos y muertos. Es Cristo Rey.
Ahora, adorémosle en el silencio del nacimiento, los que nos felicitamos con gozo, con lágrimas de gozo.


Pulse aquí para leer más

miércoles 16 de diciembre de 2009

Españoles que no pudieron serlo o la urgencia de la política católica

Aunque en realidad no sean 200 años sino algunos menos, desde hace casi dos siglos, a raíz de las secesiones americanas, la gran mayoría de los “españoles” no han podido serlo. La hispanidad política, a un lado y al otro del Atlántico, entró en un letargo del que no ha despertado aún.
Al echar la vista atrás sobre la Historia patria no se trata sólo de valorar correctamente los hechos, de comprender qué fuerzas y con qué sentido operaron en un momento dado, o de discernir las consecuencias que se siguieron de un determinado tumbo de nuestro devenir. Se trata también, y quizás sobre todo, de comprender mejor nuestro presente y de conocer si de ese pasado, interpretado adecuadamente, se extraen lecciones para nuestra actuación hoy.
Ya han comenzado los fastos subvencionados para festejar artificialmente un bicentenario (1810-2010) fantasmagórico. Celebración postiza, como casi todo en nuestra política de los dos últimos siglos, pues a pesar de la machacona y machacante insistencia oficial durante estas dos centurias, no existe ningún tipo de entusiasmo popular americano en torno a la llamada “emancipación” de España.
Bicentenario fantasmagórico, pues en 1810 nadie se independizó todavía y si algo se quiere festejar deberíamos hablar del 200º cumpleaños de las “máscaras de Fernando VII”, con las sombras de duda que sobre la honradez de sus protagonistas siguen sin disiparse.
A ambos lados del océano Atlántico hemos sido incapaces de ofrecer una explicación veraz y popular, compartida, de aquellos terribles sucesos que en realidad fueron guerras civiles entre españoles y que no desembocaron como se dice en ninguna emancipación (pues de yugo extranjero puede empezar a hablarse después de la independencia y hasta hoy, sin solución de continuidad), sino de la destrucción de la comunidad política hispánica.
A partir de entonces el nombre de España se reservó para la porción “europea” de la hispanidad, pero esa continuidad nominal no oculta que el proceso consumado en 1825 supuso un parteaguas en cuanto a la vieja concepción y autoconciencia española. Muchos hitos previos prepararon aquella crisis, pero hasta entonces, y si se quiere hasta la muerte del infame Fernando VII, rey tan legítimo como malo, España era una cosa y después, otra muy diferente. Diferente por problemática y también por artificial, con una artificialidad simétrica a la de las nuevas “naciones” americanas.
Conviene, pues, reflexionar sobre aspectos deliberadamente olvidados durante estos dos últimos siglos al hablar de aquel trauma, español por hispanoamericano. Y que conste que hasta los piadosos intentos de Maeztu o de Vizcarra no llegaron a levantar el velo de la purulenta herida. Guardaron un reverencial silencio sobre los aspectos netamente políticos que estaban en juego, se replegaron sobre una hispanidad cultural y religiosa, que balsámicamente dejaba intacta la cuestión candente.
Es necesaria una todavía más radical “Defensa de la Hispanidad”: de la hispanidad política, de la doctrina política católica e históricamente española y eso no será posible reflexionando sobre una inexistente e hipostatizada “esencia de España”, al modo regeneracionista y liberal, sino volviendo los ojos a “la piedra de la que hemos sido tallados”, fuera de la cual no será posible regeneración ninguna para esta comunidad política (ahora virtual) que se llama España. “Españoles que no pudieron serlo” es mi aportación a esa defensa de la hispanidad.

José Antonio Ullate Fabo

-----
Ficha del libro:

Título: "Españoles que no pudieron serlo"
Páginas: 246
Editorial: Libroslibres
Precio: 20€


[Para adquirirlo... en las mejores condiciones, La librería católica]
------
[Para recibir gratuitamente las actualizaciones de El Brigante, escribe tu dirección de correo electrónico en la casilla de la parte superior derecha del blog y presiona la casilla "subscribe". Recibirás un mensaje en tu correo y deberás finalizar el proceso para estar dado de alta en nuestra lista]


Pulse aquí para leer más

domingo 13 de diciembre de 2009

Gaudete in Domino: dos nuevos hijos de Dios

Aviso para mis queridos amigos de El Brigante, para que se unan a nuestra alegría y para que comprendan cierta reciente quietud brigantina:
Con el permiso de Dios, mis mellizos Fernando Efrén e Inmaculada (Concha) Filomena nacieron el pasado día de Santa Cecilia, 22 de noviembre. Al día siguiente recibieron las salutíferas aguas del Bautismo. Se van robusteciendo y demuestran buena capacidad pulmonar. La mamá se está recuperando, feliz.
Esta guarida de bandidos se va poblando.
Un abrazo a todos y os pido que tengáis presentes en vuestras plegarias a estos dos nuevos cristianos, que llegan en un momento en que la Historia se pone cada vez más interesante.

¡Viva Cristo Rey!

José Antonio Ullate Fabo

P.S. Para que conste, os dejo algunas fotografías de su bautizo.


Pulse aquí para leer más

sábado 12 de diciembre de 2009

In Memoriam: Fray Antonio de Lugo, monje jerónimo

Conocí a Fray Antonio de Lugo en la década de los ochenta, cuando yo era un joven estudiante de Derecho y el un viejo monje retirado en el Monasterio de Yuste, ya liberado de todos sus cargos y responsabilidades en la Orden de San Jerónimo. Este hecho me permitió frecuentar con cierta asiduidad su compañía, tanto en el Monasterio de Yuste como en los Monasterios de las Salesas o de las Jerónimas de Madrid donde el celebraba la Santa Misa en sus frecuentes visitas al médico.

Cuando me llamaron las Monjas Jerónimas –a las que siempre estuvo tan unido- para comunicarme su fallecimiento –que no por esperado ha dejado de ser un duro golpe- vinieron a mi memoria tantos recuerdos de este monje ejemplar, santo sacerdote y español de bien, a quien tanto debo en mi vida espiritual. No en vano el fue quien ofició en mi boda y bautizó al primero de mis hijos en otro memorable Monasterio madrileño: el de San Ildefonso de las Monjas Trinitarias. Escribimos, pues, con sobrecogimiento y gratitud filial.

Hijo de un oficial de Infantería, vino al mundo nuestro monje en Lugo el 13 de junio de 1918. Siguiendo los destinos de su padre, la familia pasa de Galicia a África y de allí a Madrid en 1931, donde Antonio Manuel Rio Vilas –que ese era su nombre “en el mundo”- realiza su carrera en la Escuela de Periodismo de El Debate.

En 1936 el Alzamiento le sorprende en la Capital, siendo forzado a enrolarse en las filas del ejército republicano, pero –espantado de luchar con quienes profanaban y destruían templos, asesinando a los ministros de Dios- consigue zafarse y se incorpora a la Falange clandestina donde, con riesgo de su vida, trabaja por la victoria de las armas cristianas y logra evadirse de una checa cuando le iban a asesinar.

Llegada la paz y restablecida la libertad para la Iglesia en España, Antonio Vila siente la llamada de Cristo al sacerdocio e ingresa en el Seminario de Madrid en 1939, pero deseando llevar una vida de más íntima amistad con Dios en el silencio y la oración ingresa en 1941 como Monje en el Monasterio de Santa María del Parral de Segovia, donde la restauración iniciada por Fray Manuel de la Sagrada Familia unos años antes estaba a punto de fracasar tras el martirio de este sacerdote en Paracuellos del Jarama.

Cuando, en el lenguaje de los monjes, “deja el siglo” para retirarse “al silencio” del claustro, siguiendo la costumbre jerónima pasa a llamarse Fray Antonio de Lugo. El junio de 1946 recibe la Ordenación sacerdotal y meses después una grave crisis sacude la Orden y Fray Antonio es nombrado Prior. Debe expulsar a un grupo de monjes disolutos que vivían en el Monasterio y hacer frente a una delicada situación financiera. Son tiempos difíciles de mucho sufrimiento y penuria económica en los que el Padre Lugo no puede siquiera comprarse las medicinas que le receta el medico, pues ha de hacer frente con esos recursos a otros gastos de la Comunidad monacal.

Como Prior de El Parral debe retomar la refundación de la Orden, empapándose en las fuentes de la tradición jerónima. En esta labor conoce y cuenta con la ayuda de prelados como Herrera Oria, Casimiro Morcillo, García Lahiguera, Marcelo González, Bueno Monreal, Guerra Campos, Laureano Castán…

Como Prior de diversos monasterios primero y como General de la Orden después, obtiene la ayuda de las autoridades para restaurar y abrir nuevos cenobios según se van consolidando las comunidades de monjes. Para tal fin despacha con Franco, Carrero Blanco y otros dignatarios de los que obtiene siempre favorable respuesta y generosa ayuda.

Poco a poca la Orden se va afianzando: abre en Salamanca el Colegio Mayor de Nuestra Señora de Guadalupe para que los monjes que estudian en la Universidad Pontificia puedan llevar vida monacal, funda San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla), restaura San Jerónimo de Yuste y en 1964 es la fundación de Santa María de los Ángeles en Jávea (Alicante). En 1965 restaura la vida jerónima en el monumental monasterio de San Jerónimo de Granada, que posteriormente fue ocupado por las monjas de la Orden.

Llega el Concilio Vaticano II y el Padre Lugo entiende, como no puede ser de otro modo, que la renovación de la vida religiosa ha de realizarse desde la fidelidad a la Tradición y al Magisterio. Pero soplan malos tiempos para los sacerdotes fieles y Fray Antonio comienza otro nuevo calvario de incomprensiones al negarse a aceptar reformas ajenas al espíritu de la Orden de San Jerónimo y a la Tradición de la Iglesia. Solicita permiso para retirarse a un Monasterio con los monjes que deseen vivir el espíritu tradicional jerónimo, pero no lo obtiene.

En el noble combate por defender la sana Doctrina frente al modernismo, surge la Hermandad Sacerdotal Española, que llegó a contar con cerca de 7000 sacerdotes y religiosos en nuestra Patria, con los que Fray Antonio colabora estrechamente mediante artículos y conferencias.

Así, finalizando los años setenta, como dijimos antes, Fray Antonio de Lugo pasó a un segundo plano y fue quedando sin cargos en la rama masculina, trasladándose del Monasterio de El Parral –del que era capitular- al de Yuste para evitar participar en ciertas decisiones que no podía compartir.

En esta época, a la crisis general que padece la Iglesia en posconcilio se une la de la Orden Jerónima: comienzan las defecciones, los monjes que quieren mantener el espíritu de siempre y ya no lo encuentran en esos Monasterios salen a buscarlo fuera, cierran Santiponce y Jávea … pero la sangría no para hasta nuestros días, donde apenas un puñado de heroicos monjes visten el hábito de San Jerónimo, de modo que no me parece descabellada la opinión de un correligionario que me decía estos días que con el Padre Lugo, si Dios nuestro Padre no lo remedia, se enterraba la Orden de San Jerónimo.

Un accidente de coche, el hundimiento sobre su cama del techo de un monasterio (le rescataron ensangrentado de los escombros), una operación de columna y diversas dolencias le obligan a trasladarse con frecuencia de Yuste a Madrid. Para ser atendido por los médicos, lo que aprovecha para hacer un fructífero apostolado: conferencias, retiros, dirección espiritual, artículos en Iglesia-Mundo, Roca Viva, Vida Espiritual, Altar Mayor, El Alcázar etc.

De su prolífica literatura espiritual cabe destacar “María Teresa. Fisonomía de un alma grande” “Martirologio español”, escrito en 1974 cuando muchos se avergonzaban de nuestros mártires, “El santo propósito” donde expone la verdadera vida religiosa frente a interpretaciones secularistas y filoprotestantes, “El precio de una victoria” sobre la Cruzada del 36, “En tierra firme”, “Estirpe de Dios” o “Sexualidad y madurez personal”.

Con Fray Antonio de Lugo se nos va uno de los últimos sacerdotes de esa generación ejemplar y prolífica que tanto bien ha hecho a la Iglesia y que tantas cosas buenas han salvado del huracán. Una de los periodistas religiosos más conocido de la actualidad, Francisco J. Fernández de la Cigoña decía de el que “era de esos frailes que parecían, como San Pedro de Alcántara, hechos de raíces de los árboles. Él, Fray Valentín de San José OCD, a quien también tuve la suerte de conocer, y algún otro, irradiaban austeridad y santidad. Verdaderamente imponían con su endeble presencia.”

Que desde el cielo –pues escribo esto con la esperanza cierta de que esté ya gozando de la paz del buen Dios a quien consagró su vida- interceda por nosotros, por la Iglesia, por la Orden Jerónima y por España, a la que tanto amó.

Santiago Barco
Abogado del S. Tribunal de la Rota. Profesor de Historia
(publicado en Desde mi campanario)


Pulse aquí para leer más

Santa María de Guadalupe, Nuestra Madre

“¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (San Mateo 11, 25).

1.- Aquel Domingo de Diciembre de 1531, cuando todavía estaba oscuro, salió Juan Diego de su casa, se vino derecho a Tlatelolco, vino a saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista, luego para ver al señor Obispo. – y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se habrá oído misa y se había nombrado lista y se había dispersado la multitud.

Y Juan Diego luego fue al Palacio del Señor Obispo. Y en cuanto llego hizo la lucha para verlo, y con mucho trabajo lo vio; a sus pies se hincó, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle las palabras…de la Reina del Cielo
. Que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la perfecta Virgen de hacerle, de erigirle una casita sagrada…y el Obispo muchísimas cosas le pregunto, le investigo para poder cerciorarse, donde le había visto, cómo era ella; todo, absolutamente todo se lo contó al Señor Obispo.

El Obispo, dijo que no solo por su palabra, su petición se haría o se realizaría lo que pedía. – Que era muy necesaria alguna otra señal para poder ser creído como a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona. – Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo: “Señor Obispo, considera cuál sería la señal que pedís porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió”.

Y habiendo visto el Obispo que en nada vacilaba ni dudaba, lo despachó …pero mandó a algunos servidores suyos para que siguieran a Juan Diego y observaran detrás de él a donde iba, a quien veía y con quien hablaba…pero los que lo siguieron lo perdieron y al volver con el Obispo le dijeron que no le creyera,…que nomas decía mentiras, que nada más inventaba, o que soñaba o imaginaba lo que decía…y determinaron que si otra vez venia…lo castigaron fuertemente para que no volviera a decir mentiras, ni alborotar a la gente.

Entre tanto Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que debía llevar al Señor Obispo, la señora le dijo: “bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido: con este te creerá y acerca de esto ya no dudarán de ti. Y sábete hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mi has emprendido. Ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”

2.- Con que términos, con que palabras bellas habla María a Juan Diego, le llama hijito, porque ella es verdadera Madre. En el Evangelio de San Lucas se nos cuenta que una mujer de entre la gente al oír a Jesús y al verlo hacer maravillas exclamó: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron” (-), estas palabras constituyen una alabanza para María, como Madre de Jesús según la carne.

Podemos pensar en el tiempo de la infancia de Jesús. En ese tiempo está presente María como la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y lo amamanta maternalmente. Gracias a esta maternidad, Jesús Hijo del Altísimo es un verdadero Hijo del Hombre: Es carne y sangre de María.

Pero Jesús a la bendición proclamada por aquella mujer respecto a su Madre según la carne, responde de manera significativa: “dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (-). Así nos enseña la otra grandeza de María que es mayor porque a ella la debemos alabar no únicamente por haber dado a luz a Cristo sino porque María es la primera entre aquellas que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

3.- Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne, pero sobre todo es digna de bendición porque desde la Anunciación (-) ha acogido la Palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque guardaba la palabra de Dios y la conservaba cuidadosamente en su corazón y la cumplía totalmente en su vida.

Podemos afirmar por lo tanto que el elogio pronunciado por Jesús, no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado por la mujer desconocida sino que viene a coincidir con ella en la persona de esta Madre-Virgen que se ha llamado solamente “Esclava del Señor”(-)

Si es cierto que “todas las generaciones la llamarán Bienaventurada”(-) se puede decir que aquella mujer anónima ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquél versículo profético del Magníficat de María y dar comienzo al Magníficat de los siglos.

4.- Si por medio de la fe María se ha convertido en la Madre del Hijo que le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu Santo, conservando íntegra su virginidad, en la misma fe ha descubierto y acogido la otra dimensión de la maternidad revelada por Jesús durante su misión mesiánica.

Se puede afirmar que esta dimensión de la maternidad pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el momento de la concepción y del nacimiento del Hijo. Desde entonces era “la que ha creído” (-).

A medida que se esclarecía ante sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma como Madre se abría cada vez más a aquella “novedad” de la maternidad que debía constituir su “papel” junto al Hijo.

¿No había dicho Ella desde el comienzo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (cf. San Lucas 1,38). Por medio de la fe maría seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que se hacía cada vez más trasparente la auto revelación del Dios viviente.

María Madre se convertía así, en cierto sentido en la primera “discípula” de su Hijo, la primera a la cual parecía decir: “sígueme” antes de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra persona.

Oh María de Guadalupe, te imploramos de corazón, que aumentes en nosotros la FE, que seamos siempre verdaderos hijos tuyos que imitándote en oír y guardar en el corazón la palabra de Dios merezcamos ser sus discípulos, seguidores, llenos de amor a Jesús.

S.E.R. don Carlos Quintero Arce
Arzobispo


Pulse aquí para leer más

domingo 8 de noviembre de 2009

El hombre emancipado

Leo con atención las argumentaciones de Nicolás Martín Bayliss en esta bitácora, acerca de la razón y la fe, esas dos hermanas que para algunos, no para él, siempre andan a la greña.
Toda la disquisición, en la humilde opinión de quien escribe estas líneas, tiene que ver con un fenómeno del pensamiento de la Ilustración, que, al aproximar la Filosofía a la Antropología dejó “huérfano” de su entorno al ser humano. Así, al decir que el hombre sólo ha de guiarse por su razón, se cae en el relativismo, apartándolo de la fe, que luego fue además entendida como alienación (lógico, pues, que si se disocia al hombre de la fe, ésta acabe por aparecer ajena al mismo y hasta invasiva de su libertad, entendida según el modo que hemos indicado).
Desde ese punto de vista no es de extrañar que los errores dieciochescos determinaran que muchos católicos vieran con recelo la idea de la razón, cuando Santo Tomás de Aquino (como también cuenta Bayliss, mejor que yo), es uno de uno de sus grandes valedores a la par que adalid de la fe. Si las potencias del alma son entendimiento, voluntad y memoria, debemos considerar que la razón (parte del entendimiento) es uno de los vehículos para llegar a Dios, sin perjuicio de que dicha facultad se haya usado desde el positivismo para cargar contra la Religión.
Pero es que el Racionalismo ha pretendido ir hasta contra la naturaleza, afirmando que los hombres son libres e iguales en virtud de aquella, cosa que ya hemos visto para bien o para mal, que no es cierta en absoluto. De aquí se desemboca en el Relativismo: todo vale, todo es discutible, nada permanece. Ahora bien, si nada permanece, ¿por qué ha de permanecer la Razón, ya con mayúsculas, y devenida en diosa del Modernismo?
Claro que existe una razón natural que se da en los hombres, con mayor o menor prodigalidad, y claro que esa razón nos puede llevar a Dios, o al menos a conocer lo que el Magisterio propone. Luego, la fe hará el resto.
Lo que no es muy lógico es la segregación que pretende emancipar al hombre, sea de sí mismo (el total desprecio a la razón que nos corresponde como seres “racionales”), sea de la fe (el nihilismo esterilizante en el que cada uno hace de sí, un dios). Es ilustrativa la frase “seréis como dioses” (Génesis, 3,5), diabólica tentación que, pasado el efecto inicial, hace sentir al hombre el frío del abandono y la vergüenza de su desnudez. Bien está la razón, que se proyecta en las ideologías y en la técnica, pero cuando se cae en el total vaciamiento del alma en estas, ¿Pueden esas ideologías ampararnos y darnos esperanza? ¿Pueden explicarlo todo? Acaso ese vacío no ha sido sino presupuesto de la autodestrucción del hombre poco después de su divinización. El rayo de la técnica, vivificante y maravilloso, pero también amenazador, es como aquel que fulminó al Maligno y lo echó al abismo. Por eso, el hombre, cuando verdaderamente está emancipado, no es cuando se desliga de todo esquizofrénicamente, sino cuando se “religa”, cuando se ampara bajo fe y razón, para descubrir su origen y destino.

Francisco Ángel López Cabello


Pulse aquí para leer más

Don Carlos Quintero: El sacerdote, hombre indispensable

1.- Cuando el Papa habla a los sacerdotes les dice con cariño las palabras de San Pablo: Os llevo en el corazón, partícipes como sois de mi gracia (cf. Filipenses 1,7).
En este año sacerdotal se celebró en Ars un Retiro Sacerdotal Internacional sobre el tema: La alegría del sacerdote consagrado para la salvación del mundo y precisamente San Juan María Vianney subrayaba el papel indispensable del sacerdote cuando decía: “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.
En este año sacerdotal, todos estamos llamados a explotar y redescubrir la grandeza del sacramento que ha configurado al Sacerdote, para siempre a Cristo sumo sacerdote y lo ha santificado en la verdad. El Sacerdote, elegido O entre los hombres, sigue siendo uno de ellos y está llamando a servirles entregándoles la vida de Dios. Respetamos al Sacerdote porque es él quien continúa la obra de la redención en la tierra.
Sin embargo, la vocación sacerdotal es un tesoro que se lleva en vasijas de barro, por eso también hemos oído debilidades en algunos sacerdotes.
2.- San Pablo expresó felizmente la infinita distancia que existe entre la vocación Sacerdotal y la pobreza de las respuestas que los Sacerdotes podemos dar a Dios. Yo quiero aquí recordar, desde lo más intimo de mi corazón, la exclamación conmovedora y confiada del Apóstol, que dice: ‹‹cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte›› (cf. 2Colosenses 12,10).
Sin duda la conciencia de esta debilidad me debe abrir a la intimidad con Dios para conseguir la fuerza y la alegría. Recuerdo especialmente a todos los sacerdotes, que cuanto más perseveremos en la amistad de Dios más continuaremos la obra del Redentor en la tierra. Es cierto que el Sacerdote ya no vive para sí mismo, sino para todos.
Si queremos señalar cuál es el mayor desafío de nuestro tiempo, me atrevería a decir que el Sacerdote siendo el hombre de la palabra divina y de lo sagrado debe ser hoy más que nunca un hombre de alegría y de esperanza.
3.- A los hombres de hoy que ya no pueden concebir que Dios sea Amor puro, el Sacerdote les dirá siempre que la vida vale la pena vivirla, y que Cristo le da sentido a la vida porque ama a los hombres. A todos los hombres.
Juan Pablo II, en una predicación decía: “Su servicio no es el del médico, del asistente social, del político o sindicalista. En ciertos casos, tal vez, el sacerdote podrá prestar, quizá de manera supletoria, esos servicios, y en el pasado los prestó de forma muy notable. Pero hoy, esos servicios son realizados adecuadamente por otros miembros de la sociedad, mientras que nuestro servicio se especifica cada vez más claramente como un servicio espiritual. Es en el campo de las almas, de sus relaciones con Dios y de su relación interior con sus semejantes, donde el sacerdote tiene una función especial que desempeñar. Es ahí donde debe realizar su asistencia a los hombres de nuestro tiempo (...) ayudar a las almas a descubrir al Padre, abrirse a EL y amarlo sobre todas las cosas” (cf. Homilía del 2 de Julio de 1980).
Digamos bien convencidos, que nuestra felicidad futura en el cielo es demasiado grande y nunca podremos comprenderla, así debemos esperarla.
Finalmente estamos convencidos que el Sacerdote es el hombre del futuro: es aquel que ha tomado en serio las palabras de San Pablo: ‹‹Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba›› (cf. Colosenses 3,1). Hagamos todo lo que se ordena al fin último.

S.E.R. Don Carlos Quintero Arce
Arzobispo emérito de Hermosillo, Sonora


Pulse aquí para leer más

jueves 5 de noviembre de 2009

Dios no nos ha confiado el destino de la Historia, pero nos impone hacerla

“…San Agustín y la tradición occidental dicen algo más. Esta tradición, formada de espadas que descienden en escala de relámpagos por los siglos, engarzándose en un entramado de camaradería, nos dice que el decurso final de nuestra amada civilización yace escondido en la Sabiduría y en la Voluntad divinas. Él no nos ha confiado el destino de la historia, sino que sólo nos ha impuesto el deber de hacerla.
Nuestros padres forjaron la Ciudad del Hombre con materiales sacados del catalizador del tiempo: amurallaron la ciudad toda alrededor, establecieron centinelas y les dieron a cada uno una espada. Nos ordenaron defenderla diciéndonos que sería preferible que todo el cosmos se encendiera en llamas hasta la última estrella y la luna más remota, que sería mejor que toda vida fuera agostada y reducida a un ascua perdida entre las terribles vastedades de la nada, antes de que la deshonra desplegara el estandarte infernal dentro de nuestros muros”.

Federico D. Wilhelmsen



[La ortodoxia pública y los poderes de la irracionalidad]

[Para recibir gratuitamente en tu correo email las actualizaciones de El Brigante, escribe tu dirección de correo electrónico en la casilla de la parte superior derecha del blog y presiona la casilla "subscribe". Recibirás un mensaje en tu correo y deberás finalizar el proceso para estar dado de alta en nuestra lista]


Pulse aquí para leer más

martes 3 de noviembre de 2009

La guerra contra el crucifijo y la esperanza cristiana

Los poderes de la irracionalidad han dado un nuevo paso hacia delante con la sentencia del tribunal de los “derechos humanos” de Estrasburgo que ha declarado que la exhibición del crucifijo en las aulas ofende y “vulnera los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones”.
Antes de ninguna otra reacción, como católico, invito a ofrecer actos de reparación y de desagravio al Rey de reyes, a Cristo Rey de todas las almas, de todas las familias y de todas las sociedades ante esta impiedad. Una nueva ofensa a la realeza de Cristo, un nuevo desprecio, un nuevo salivazo en el rostro del Amor coronado. El Amor no es amado, no hay duda.
Los poderes de la irracionalidad se han erigido en ortodoxia pública, travistiendo la esencia misma de la comunidad política. De la comunidad política no queda apenas ya más que lo que no pueden eliminar estos energúmenos: lo que inevitablemente se deriva de nuestra naturaleza social.
Federico Wilhelmsen nos enseñó con San Agustín que la retribución de la virtud política siempre es el triunfo, pero en el orden eterno y trascendente. Sigue siendo misteriosamente posible que en el orden temporal una civilización gloriosa, lo mismo que un individuo virtuoso, naufrague ante la barbarie. No por eso Dios falla a su justicia: pero hace falta la esperanza para esperar en esa justicia cuando todo conspira contra nuestra virtud.
Lo que no acaban de entender muchos católicos hoy es que resulta posible el fracaso en el orden temporal sin que haya ofensa para Dios ni para nuestra dignidad cristiana; pero que lo que no es aceptable es negociar con la verdad, ni con nuestros deberes hacia ella. No podemos razonar como si ignorásemos que el orden natural ha sido rematado y rebasado por el sobrenatural. No podemos obcecarnos a todo trance en una realización temporal, como si fuéramos saduceos hodiernos y obsesionarnos con “poder” o con “el poder”. Es una tentación. Igual que es una tentación la contraria: desentendernos de las exigencias de nuestra naturaleza creada: de la instauración de todo en Cristo. ¿Cómo se evitan ambos escollos a un tiempo? Aceptando que la cuerda se rompa por nosotros; aceptando ser el punto más débil. Sin sacrificar la verdad, sin sacrificar la esperanza sobrenatural, aceptar que Dios nos imponga un combate natural y sobrenatural, político y ascético, pero no nos imponga un resultado temporal. No digamos que si no triunfamos hacemos un feo a Dios, porque estaremos faltando a la verdad: lo que nos resulta insoportable es nuestra propia sensación de fracaso. Pero dentro de los planes de Dios está la utilización de nuestros fracasos temporales para fines más altos. Entonces es cuando es necesaria la fortaleza de abrazar el fracaso no elegido, por amor de los designios de la Providencia. Pero a condición de que sea un fracaso no elegido, a condición de haber caído en el combate legítimo. Hoy, igual que en la corte de San Fernando, se trata de luchar el buen combate y dejar a Dios que decida los resultados temporales, sabiendo por la fe que todo coopera al bien de los que aman la Verdad, que la promesa es aquí del ciento por uno trufado de dificultades y persecuciones, mientras resplandece el horizonte de la vida eterna.
Hoy, pues, no es la derrota lo que nos humilla, sino la falta de fe, esperanza y caridad, de fortaleza y de templanza ante la voluntad de Dios que misteriosamente saca un fruto dulce de nuestra hecatombe.
Al pan, pan y al vino, vino. La cosa está negra. No se trata de decir que como creemos en la vida eterna la cosa está primorosa. No: está rematadamente oscura, con las fuerzas del enemigo desatadas, sentando sus reales en la plaza mayor. Pero habiéndolo perdido todo nada pueden los bárbaros para impedir que lo poseamos todo en Aquél que nos conforta. Que se vayan al carajo los que me llamen derrotista, siéndolo ellos. Yo estoy dispuesto a luchar todavía mucho. Lo que no estoy dispuesto es a emborracharme hablando de unas victorias temporales que sólo corresponden a Dios y por las que no se hace nada más que hablar. Mi preocupación está en luchar como debo, en no desertar de mi puesto, vea o no el triunfo, y aunque me fastidia no ganar aquí abajo, me regocijo por la victoria definitiva.



Ejemplo práctico: La guerra contra el crucifijo viene de lejos. Más grima, sin embargo, que las hordas que se sulfuran ante la sagrada imagen me producen los hipócritas que pretenden conjurar el peligro diciendo que el Santo Cristo es un símbolo de nuestra cultura, igual que las Églogas de Virgilio o El Quijote… Igual que los luciferinos demuestran más fe en su odio que muchos cristianos en su tibieza, los lúgubres perseguidores del Crucifijo manifiestan mayor conciencia de las pretensiones divinas que éstos cobardes que pretenden salvarlo poniendo en sordina el escándalo de la Cruz. El crucifijo no es un símbolo de nuestra cultura, es el escandaloso y loco símbolo de un Dios-hombre, rey por derecho propio, muerto en el madero por los hombres. Fuera de ese escándalo y de esa locura no hay salvación para ningún alma, tampoco para los que la quieren expulsar de la vida pública. No, señores moderadamente cristianos, ahórrense una defensa del Crucifijo que significaría su negación más blasfema. El crucifijo debe estar en las escuelas, como en los hospitales, en las fábricas y en los hogares. Luchemos y pidamos que así sea. Y si perdemos, Dios sabe que será una derrota efímera y temporal. Pero si pensamos conservar el crucifijo a cualquier precio, habremos olvidado que Dios nos pide el buen combate, no el triunfo temporal. O sea, no será sólo un olvido, será una apostasía.

José Antonio Ullate Fabo


[Para recibir gratuitamente en tu correo email las actualizaciones de El Brigante, escribe tu dirección de correo electrónico en la casilla de la parte superior derecha del blog y presiona la casilla "subscribe". Recibirás un mensaje en tu correo y deberás finalizar el proceso para estar dado de alta en nuestra lista]


Pulse aquí para leer más