domingo 25 de diciembre de 2011

La verdadera Navidad, la falsa, y la oportunidad inesperada


Rex pacificus magnificatus est,
Cuius vultum desiderat universa terra”.
[El Rey pacífico,cuyo rostro desea la tierra entera,
ha manifestado su grandeza].

Ant. Primeras vísperas de Navidad

Feliz Navidad, amigos míos. Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.
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Y una glosilla, que no falte:

Sí, el rocín de la fugacidad, desbocado, también se atreve con la Navidad. Pisoteó bajo sus cascos el Adviento y finge hacerlo por acortar la espera de Navidad: para cuando llega la Nochebuena estamos tan saturados de felicitaciones que, al escribir ésta –en el primer momento en que me ha sido posible después de la sagrada noche, ¡todavía en el mismo día primero!– tengo la sensación de llegar tarde…  El demonio del tiempo aspirado me rasca la cabeza y se burla de mí: “Llegas ridículamente tarde, ya no hay nada que celebrar”. De un manotazo en el morro espanto al enemigo.

miércoles 21 de diciembre de 2011

Jesús pasa sus últimos días en el seno de María


El mundo gira desenfrenado, más veloz, mucho más, que la tierra sobre su eje, que la tierra en su órbita. El tránsito entre el antes y el después, de suyo fugaz, es estimulado en su trepidación. Construimos trenes que son aviones pegados al suelo para ir arañando minutos a las distancias, porque entre la partida y la llegada todo es angustia por llegar y poder así seguir huyendo. Tal es el mundo en permanente fuga de sí mismo y de las cosas y de Dios.
Los cristianos nos dejamos atrapar por esa voraz y contagiosa síncopa, que impide pesar las cosas ante la premura por anticipar las cosas que, sin haber llegado empujan y desplazan ya a las que acababan de llegar y nos las arrebatan de las manos que intentaban acariciarlas, siquiera un instante, antes de que el pasado las congele. Las noticias de la tarde marchitan las del mediodía… aunque se parezcan a ellas como una gota a otra gota igual de opaca. 
El cristiano del día, llamado sin embargo a fijar eternamente las cosas con el ritmo celeste del calendario litúrgico, se atreve a someter esa misma cadencia divina al traquetreo del consumismo. Así, el Adviento queda sepultado por una falsa navidad de mercachifles que, avaros, si pudieran, la anticiparían hasta juntarla con la vuelta al cole. Arranca el Adviento, con su discreta penitencia de espera presentida y ya están las calles engalanadas de luces horteras e insultantemente chillonas: “¡No hay que esperar, te la traemos ya, la navidad!” Que sí, que hay que esperar.

sábado 10 de diciembre de 2011

La verdad, aunque la diga Agamenón o Weigel


George Weigel es un católico liberal. Para él el derecho público cristiano y el reinado social de Jesucristo son antiguallas. Sin embargo, en el error hay grados. Weigel no parece ser un personalista. Por eso denuncia la incongruente decisión de la conferencia episcopal de Inglaterra y Gales que, mientras rechaza el “matrimonio” entre sodomitas considera que ese tipo de convivencias contrarias a la naturaleza están “suficientemente” garantizadas mediante la figura jurídica de las “uniones civiles” o “uniones de hecho”. Con buen criterio, en este punto, Weigel recuerda que no hay nada en la esencia de ese tipo de contubernios que merezca la protección ni la regulación de la ley y que cualquier tipo de institucionalización y regulación jurídica de estas cohabitaciones significa su legitimación pública y su más o menos explícita equiparación “política” con el régimen natural de la institución matrimonial. Lo cual, digámoslo de paso, significa el vaciamiento del matrimonio como institución jurídica y legal.

viernes 18 de noviembre de 2011

20N: Una abstención abstinente, no abstencionista


Soy carlista y, como tal, en materia política juzgo en función de los principios del derecho natural y del derecho público cristiano, de nuestras tradiciones, de la legitimidad. Pocas dudas, pues, respecto a qué hacer en los “comicios” que se celebran aquí, en la vieja España, con el elevado fin de asignar ocupantes para las poltronas de esos remedos de cortes que padecemos. Nada diré de los que nada quieren entender y se dejaron la vergüenza en algún recodo (o se la comió el burro), los que, nuevamente, nos han venido con la monserga de que hay que votar a la llamada derecha si no queremos que… Con parecidos argumentos Satanás nos reprocharía no arrimar el hombro cuando él se afana tanto...

jueves 17 de noviembre de 2011

Nuestra soledad política


Bien sé yo que podría hacer más que lo que hago y siento esta somnolienta pasividad como una ofensiva lepra. Y si sólo fuera pasividad, malo sería, pero al menos se comprendería. Pero sin claridad no se puede más que correr sin dirección, como un pollo sin cabeza. Así, aunque el mero movimiento pueda calmar un rato la desazón, poco después nos devuelve al punto de partida, un poco más viejos y mucho más cansados, sin haber hecho otra cosa que arar un rato sobre un charco y olvidarnos así del velo que nos hurta la luz como una catarata. Sí, lo que más duele es ante todo la falta de claridad que copa enormes lienzos de tiempo entre luminarias fijas de nuestro firmamento cotidiano.

miércoles 19 de octubre de 2011

Más sobre la obediencia


Algunos quedaron “escandalizados” por las reflexiones del P. Deman sobre la obediencia en relación con la prudencia. Para ilustrar aquellas profundas observaciones traemos hoy un ejemplo concreto, tomado de la parte de “un superior religioso”, fundador para más señas, a quien –“a más, a más” por razón de voto– unas religiosas debían obediencia. Conmovedor y edificante testimonio de grandeza de alma y de eximia prudencia, preocupado delicadamente por que la obediencia sea humana, responsable, discreta. Don V.A. Berto se dirige a una de “sus” religiosas:


Dirigid vuestra vida en la paz y en el gozo, dentro de la ligera austeridad de vuestra regla. Haced siempre lo que ella os demande, esperando, si es necesario, que se precise el punto de la obediencia. Admito que yo mismo no pongo demasiada solicitud en precisarlo.
Me da miedo que el compromiso de obediencia os vuelva tímidas, vacilantes, timoratas ante las iniciativas y las responsabilidades. Tengo miedo de que os pueda proporcionar la ilusión de cumplir completamente la voluntad de Dios con el pretexto de que, por el hecho de obedecerme, pensarais tener la seguridad de haberla cumplido, de suerte que os creyerais dispensadas de buscarla y de mirarla directamente a la cara. En el deseo de obedecer puede esconderse la pereza de alma, la dimisión de uno mismo. En absoluto niego que, por otro lado, el voto de obediencia no tenga mérito en sí, ¡pero hasta qué punto debe ser purificado de toda escoria el deseo de realizarlo! Por lo demás, en las cosas que no están intrínsecamente ligadas a la caridad no hay una voluntad divina determinada con antelación. Por poner un ejemplo: ¿en qué sentido cumples más la voluntad de Dios si, porque yo lo haya “ordenado”, recitas el rosario antes y no después de la cena en lugar de hacerlo en ese mismo momento por tu propio juicio, suponiendo que no lo tengas enturbiado por la ligereza, el capricho o la terquedad, sino en plena abnegación propia? De manera que si en vuestra vida –al menos tal como yo la entiendo, salvo mejor juicio– es necesaria una parte de obediencia, debe ser únicamente para asegurar la unidad de los esfuerzos y la colaboración de cada una a la obra común, pero sin pretender dispensaros de todo esfuerzo por colocar inmediatamente vuestra voluntad propia en las manos de Dios.

Victor-Alain Berto

[De “Notre Dame de Joie. Correspondance de l’abbé V.A. Berto”, Paris: Nouvelles Editions Latines, 1974. pp. 144-5].

martes 23 de agosto de 2011

Inactuales cogitaciones sobre el matrimonio

Segundo punto. La preparación al matrimonio, como para una institución que no se adapta a mí, sino a la que me debo adaptar, requiere el conocimiento suficiente de la doctrina cristiana: de los aspectos sacramentales del matrimonio, pero también de los que pertenecen a la institución natural del matrimonio, el significado de la jerarquía natural dentro del matrimonio, entre el marido y la esposa, entre los padres y los hijos, los derechos y deberes específicos de la vida conyugal, nociones elementales de criterios educativos para los hijos, el desarrollo de las virtudes cristianas, en especial la prudencia y la fortaleza, pero sin olvidar la paciencia, la magnanimidad, la justicia o la eutrapelia. Otros aspectos inherentes a la educación para la vida conyugal no son específicamente matrimoniales, pero le son insustituibles: la conciencia de que el cristiano está en guerra con el mundo y por lo tanto, el matrimonio debe ser un matrimonio combativo contra el mundo y educador de mentalidades mílites. También, la necesidad de una auténtica vida de oración, y por lo mismo que los esposos se auxilien en la oración mutua y en común, implorando los dones del Espíritu Santo que perfeccionen sus hábitos.
Olvidados de que el matrimonio tiene un aspecto público, constitutivo, que es esencial para el bien común, se tiende a reducirlo al aspecto privado y afectivo. Al igual que la honra al padre es una virtud política, la fidelidad de los esposos entre sí y sobre todo al mismo matrimonio es una virtud que edifica la vida política. Sin matrimonio no hay familia y sin familias no hay patria.

lunes 22 de agosto de 2011

Dios inventó el matrimonio


Santo Tomás explica que el matrimonio existe principalmente para el bien común de la sociedad humana, para el bien de la especie humana. Este bien demanda que no cualquier hombre se pueda unir con cualquier mujer en contrato matrimonial. Y esto es hoy lo más llamativo para nuestros contemporáneos y probablemente para nosotros: los intereses de la especie y de la sociedad priman sobre los intereses, las conveniencias y los gustos individuales.

El hombre ha sido creado social, lo cual no quiere decir que todos los hombres tengan que ser simpáticos, sino que todos los hombres alcanzarán su finalidad propia en sociedad, en amistad, tengan o no un temperamento sociable o simpático. Los antipáticos, los huraños, los solitarios, los independientes, metafísicamente hablando son tan sociables como cualquiera. Para entender bien el matrimonio debemos ser conscientes de la creación, por la cual recibimos nuestra naturaleza social, o la determinación a obtener nuestros fines en sociedad.

El matrimonio es un modo socialmente insustituible de participar en la construcción de la vida política, el bien común.

Decía San Agustín que el matrimonio lo instituyó Dios para que el hombre diera vida a otros hombres de forma ordenada, dentro del orden. Evidentemente, el matrimonio no es necesario para traer hijos al mundo, pero sí es imprescindible para traerlos de una forma ordenada. Se puede nacer dentro de una familia o se puede nacer fuera de ella. Eso significa, nacer insertado desde el comienzo en el orden moral, intelectual y político, o bien extraño a esos órdenes, circundado de la falsedad, del error y de la anarquía. Se trata de comenzar bien o de comenzar mal la vida. 

martes 16 de agosto de 2011

De la juventud, lo interesante es... la adultez


El hombre clásico, enamorado de la razón, tendía a la sabiduría, pues la sabiduría no hace sino realizar a la perfección el voto de la razón, que es el de descubrir y de realizar el orden. El sabio es el que ve y pone todas las cosas en su lugar, en su rango, en relación con el conjunto del universo y con las causas primordiales. El hombre de hoy ha perdido el gusto de la sabiduría: ha colocado su ideal en otro lugar. No solamente idolatra la juventud, sino que comparte las flaquezas espirituales de una adolescencia inadaptada y abortada. Para los médicos, los psicólogos y los moralistas de la antigüedad y para los educadores que, hasta no hace demasiado tiempo, seguían los preceptos de la pedagogía clásica, la juventud era un período de crisis, de preparación (...). En el niño y en el adolescente se educaba al hombre eterno

viernes 12 de agosto de 2011

No existe ningún método que nos dispense de ser hombres

La casuística, de hecho, ha tendido hacia la relajación de las obligaciones. Algunas almas, amantes de la perfección, han buscado por su lado un método en el que la prudencia ha salido malparada. Esas almas lo han reducido todo a la obediencia y una actitud tal ha recibido muchas alabanzas dentro del cristianismo. No hay duda de que la obediencia ocupa un lugar elevado entre las virtudes. Sin embargo, hay una forma de concebirla que merece la crítica.

miércoles 10 de agosto de 2011

La multitud de los sabios no puede sustituir tu prudencia


En realidad, los hombres no pueden evitar preguntarse sobre lo que deben hacer en la práctica. Todos verifican en su experiencia que las intenciones virtuosas no bastan. Pero no siempre recurren a la prudencia para determinar la acción que van a realizar. La casuística, tal como se la ha denominado, ha intentado usurpar esta función. Figurándose teóricamente los casos, es decir, las situaciones de todo tipo que pueden presentarse a la conciencia, provistos de las variadas circunstancias de las que pueden venir acompañados, la casuística elaboró fórmulas de solución, en la ilusión de que bastaría con ir a buscarlas a los libros para saber cómo actuar. Históricamente ésa fue la mentalidad de la que nacieron, a partir del siglo XVI, los enormes volúmenes de casus conscientiæ. Método perezoso y artificial, que no puede alcanzar a la realidad –a pesar de pretenderlo– y que trata como autómatas a quienes lo adoptan.

jueves 21 de julio de 2011

La conversión intelectual y el error liberal


El hábito intelectual y sobrenatural de la fe requiere para su virtualidad ordinaria un mínimo de recto ejercicio de la inteligencia natural en el sujeto que la recibe. Ese mínimo es ciertamente pequeño, y aun en las inteligencias más envilecidas por el vicio de los falsos principios, la pervivencia de los primeros hábitos intelectuales y el amor a la verdad bastan para recibir el don gratuito de la fe. Pero la fe es el principio de la salvación y eso doblemente: en cuanto que es el fermento que por su propia dinámica reclama la salvación del sujeto y en cuanto que es tan sólo el comienzo de esa salvación, que requiere una cooperación libre, no sólo de la voluntad sino también de la inteligencia humanas.
Esa doble dinámica de la fe es el origen de una paradoja: es posible tener la fe y conservar malos hábitos intelectuales y morales adquiridos que, de suyo, repugnan a la fe. La naturaleza de la fe permite esa coexistencia provisoria, inestable, tolerada, en función de una progresiva purificación de todas las potencias naturales que deben ir gradualmente conformándose con las exigencias de la fe. En otras palabras: a la estricta conversión religiosa deben seguirle –por exigencia de la virtud de la fe infusa– las conversiones de las costumbres, de la inteligencia, hasta de los gustos, siempre y cuando se advierta que algo de lo que el individuo retenía en esos terrenos entra en colisión u obstaculiza el pleno desarrollo de la fe.